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Marita Cúneo
Lecturas

Cuento

Desvelo

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Son las tres y diez y la casa respira distinto. Lo sé porque conozco sus ruidos: la refrigeradora que se enciende sola, el agua que baja por alguna tubería del edificio, el reloj de la cocina que nadie ha vuelto a poner en hora.

Me levanto sin prender la luz. Afuera, la garúa deja en la ventana esa película fina que no llega a ser lluvia, como si la ciudad tampoco se decidiera a llorar del todo. Enfrente hay otra ventana encendida. Siempre la hay. Nunca he visto a nadie, solo la lámpara, y a veces pienso que alguien del otro lado también me mira sin verme.

El gato me sigue hasta la sala y se sienta en el alféizar, de espaldas, con la cola alrededor de las patas. Él no tiene insomnio; tiene paciencia, que es otra cosa. Espera. Yo, en cambio, recuerdo.

Recuerdo el patio de la casa de Santiago, el olor del pan en la bolsa de papel, la voz de mi madre llamándome desde un lugar que ya no existe. Recuerdo mal, a pedazos, como se recuerda de noche: con la certeza de que por la mañana todo volverá a su sitio y nada de esto habrá ocurrido.

A las cuatro la lámpara de enfrente se apaga. Me quedo un rato más, por si acaso. Luego vuelvo a la cama y el gato vuelve conmigo, y entre los dos sostenemos el silencio hasta que amanece.